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January 12 Lazos de agua (I de III)Aquí va un trocín de mí... espero no extenderme más de lo imprescindible en relatar pormenores de mi exclusivo "escondite". Allá vamos... Escribir, mal que mal, siempre ha sido una actividad que me ha atraído mucho, pero en general, y al contrario de muchas personas cercanas con afición parecida, yo siempre que escribía algo lo hacía para mí, convirtiéndose el intimismo de todo lo que salía de mi muñeca en uno de mis secretos mejor guardados, siempre bajo la excusa de que mis letras eran la más clarividente clave de la abierta exposición de mi reservada personalidad, quizá absurda conclusión cuyo calculado examen llevaría a plantearse la necesidad de ser, a la par, un excelente psicólogo y literato para verme en el interior de mis palabras... pero no podía dejar de verme desnudo si me mostraba en papel.
Después de mucho (muchísimo) tiempo, por fin hace como dos años, una amiga me convenció para que por primera vez, escribiera un cuento "para todo el que lo quisiera leer" (o no tanto, pero que finalmente logré escribir con el objetivo de no guardarlo con tanto egoísmo).
Por fin hoy (echemos la culpa al "año nuevo, vida nueva") después de haber conocido un mundo en el que la gente expone sus letras (algunas muy sentidas) a la libre lectura de todo el que las quiera compartir (lease a Nelo Bacora, por ejemplo), he decidido exponer aquel cuento del que hablo (a priori, con pasitos pequeños, dejaremos lo creado desde un principio con un password menos estricto) y que, si bien está lejos (por diferente más que por de mayor o menor calidad) de cualquier otra cosa más personal que haya escrito (comprobareis que es bastante correcto políticamente), bien servirá para empezar a dejarme de manías poco razonables tras las que ocultarme.
Como, aún sin ser excesivamente extenso, puede serlo suficientemente como para cansar si lo copio entero (y más después de tan prolongada introducción) os lo "serviré" en tres partes (esta primera más cortita para compensar el prólogo), y así podéis ir criticándolo a pequeñas dosis, que siempre mata más efectivamente y con más dolor, que es mucho más interesante.
Espero que os guste.
Besos,
____Jesús____
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Lazos de agua (1/3)
Nadie llega a acostumbrarse a las pesadillas. Por muchas veces que se repita, nunca se deja de temer.
Ya son muchas, quizá demasiadas, las noches que David lleva soñando con un mismo argumento, con idéntico final.
Como en la mayoría de las ocasiones, la voz grave de Bernabé, hermano de su madre, lo liberó de su estupor. David abrió los ojos desconcertado mientras su tío, movido por la templanza que otorga la costumbre, dio escasa importancia al suceso y le animó a levantar:
– David, cálmate. Son las 8:00 – le dijo con voz pausada – ¡Feliz cumpleaños pequeño!
Más tranquilo, acompañado por un profundo suspiro, se incorporó lentamente, se sentó en la cama, miró el despertador luminoso y precipitadamente se puso en pié. Eran las 8:12. Calzándose de modo apresurado salió de la habitación.
Como cada mañana, la primera palabra de David fue para Beatriz. Con mucho sigilo, como de costumbre, entró en su cuarto.
– Bea, despierta – susurró mientras le tocaba levemente el hombro – Es un poco tarde.
Besó suavemente su frente y salió. En la oscuridad, no acertó a ver como ella sonreía, aunque pudo oír como devolvía el beso al aire.
Abandonado el dormitorio, entró al cuarto de baño. Estuvo unos segundos mirándose fijamente al espejo mientras pensaba “Hoy cumplo catorce años de vida y tres años de noches sin descansar. ¡Tres años!”
A David le gustaba vivir con su tío que les dedicaba todo el tiempo que tenía libre tanto a él como a Beatriz, aunque por desgracia, no era demasiado. Trabajaba en una empresa de marketing en la capital y la tarea solía prolongarse hasta caer la noche. En ocasiones, casi como excepción, volvía para almorzar con ellos, pero normalmente, cuando eso ocurría, no regresaba a tiempo para cenar ni, usualmente, siquiera para verlos despiertos un instante.
La vida de David era así desde hacía más de siete años, aunque aproximadamente los cuatro primeros que vivieron con su tío, Elena, novia de aquel en ese tiempo, le ayudó a cuidarlos. David aún recordaba con nitidez a sus padres, aunque no lograba visualizar el día del accidente con detalle.
Aquel día, cuando salió del colegio, se alegró al ver que era Bernabé quién lo recogía, suceso no demasiado usual. Veía frecuentemente a su tío, lo conocía bien, y notó algo raro en su expresión. Cuando llegaron a casa, casi sin hablar, sus padres no estaban. Elena, con gesto compungido, sostenía suavemente en sus brazos a Beatriz, que aún no había cumplido los 2 años de edad. Con voz entrecortada su tío le pidió que se sentara a la vez que Elena abandonaba el salón.
– Papá y Mamá salieron esta mañana al trabajo, pero el coche se estropeó – dijo Bernabé dubitativo, como quien olvida el guión de una conversación estudiada – Están enfermos y no sabemos cuándo volverán. Aunque la conversación duró unos segundos más, David ya no lo escuchó. Era un niño avispado y, a pesar de su corta edad, ya había desarrollado el instinto que concede la certeza de que, en ocasiones, las malas noticias son más desagradables de lo que se pretende mostrar.
Curiosamente, Beatriz nunca preguntaba por sus padres. Una noche, durante la cena, cuando apenas tenía cinco años, miró profundamente a Elena y le dijo:
– ¿Dónde están mis papás?
Bernabé, se apresuró a decir:
– Verás Bea – se aclaró la voz antes de comenzar – Cuando tú eras pequeñita…
Sin que pudiera continuar, Beatriz interrumpió:
– ¿Están en el cielo? – preguntó mirando nuevamente a Elena.
Con una sonrisa tímida, Elena afirmó suavemente con la cabeza y la niña, como quien concluye una conversación trivial, continuó sonriente y complacida con la cena, ante el escepticismo de Elena, Bernabé y David. Desde que Elena se marchó a París, David había tenido un sentido de protección exacerbado hacia Beatriz. La cuidaba dentro y fuera de la casa, y su vida se limitaba casi en exclusividad a ella. Aunque Bernabé tuviera el día libre en el trabajo o Beatriz tuviera fiesta en el colegio, él nunca hacía planes por si algo ocurría y ella lo necesitaba. Todos pensaban que esta preocupación excesiva radicaba en la enfermedad de Beatriz, que tenía una aversión extrema al agua. Esto limitaba su vida y requería atención especial. Era un caso extremo de hidrofobia. No consentía beber agua, de modo que tenía que satisfacer su sed con zumos o leche. Para ducharla, había que proceder con toallas húmedas, que aún así provocaban un alto nivel de ansiedad en ella y sólo una vez en semana la duchaban más profundamente, lo que derivaba en situaciones bastante desagradables: gritos, llanto, ansiedad, y en múltiples ocasiones, vómitos, acompañados de fiebre elevada, que tardaba varias horas en remitir, eso sí, de modo espontáneo. No podía observar grandes superficies de agua, como el mar o un lago, e incluso se negaba a salir a la calle en días grises, por miedo a que la lluvia la sorprendiera... Comments (22)
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