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03 กุมภาพันธ์ Lazos de Agua III de III (Finales 3, 4 y 5)Aquí teneis los otros tres finales que completan los cinco que terminaron ofreciendome otros tantos amigos de blogs... Aunque pensé ponerlos de dos en dos, para no retrasar mucho el asunto, he decidido colgar los tres en esta entrada y en la siguiente publicar el mío y ofrecer mi opinión personal sobre los "cinco magnificos" (cuentos y personas). Espero que los disfruteis tanto como yo. No escatimeis opiniones. Besos y besos!!
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Lazos de agua 3/3 Final nº3
David mira los colores del papel de envolver, se pregunta que será lo que Bernabé le ha comprado ésta vez, y decide esperar a la vuelta del colegio para abrir su regalo. Piensa como hubiesen sido las cosas de no haber ocurrido aquel accidente.
Se acerca a la ventana y mira el cielo gris, la lluvia cae pesada, casi no se ve del otro lado de la calle. Un perro corre atrás de una señora que lo amenaza con su cartera, parece que el perro se quiere meter debajo de su paraguas. Va a recoger sus libros y su mirada se detiene en Bea, que está parada en el hueco que queda entre el refrigerador y la ventana, quieta como una estatua. Sus manos caen a los costados de su cuerpo, parece tranquila, pero cuando él detiene su mirada en sus manitas, se da cuenta que tiene los puños cerrados y sus pequeños nudillos están blancos, tan blancos como la cara. - Vamos Bea, no seas tonta.
Su voz parece amortiguada tras la cortina de agua, como enterrada bajo mil capas de arena, se aproxima hacia ella con palabras cálidas y le toma de las manos, logrando abrir esos dedos que parecen tener una bisagra con herrumbre eterna.
- No me has hecho ningún regalo de cumpleaños – le dice. Ella trata de sonreír pero esta conmocionada con el ruido de afuera: gotas, gotas, gotas de agua; puede imaginar el sonido de cada una de esas gotas estallando en cada charco. - Pero yo tengo una idea, algo que pedirte como regalo de cumpleaños -insiste, tratando de llamar la atención de su hermana. - Que? - Vamos afuera, ya verás que si te moja la lluvia no pasa nada.
Mira a su hermana y ve como dos gruesas lágrimas empiezan a caer de sus mejillas, ella da un paso atrás, aferrándose a la mesa de la cocina sabiendo que lo que va a pasar no le va a gustar.
Solo puede decir en voz muy bajita, que por favor no, que no la lleve afuera.
David camina lentamente hacia Bea, con los ojos brillantes, pero decidido a cambiar las cosas de una buena vez.
Tanto tiempo sin descansar bien, tantos años teniendo que cuidarla, tantas veces haciéndose cargo de ella desde el accidente de sus padres… Si, son los lazos de sangre, como le ha dicho tantas veces Bernabé, los que lo hacen sentir obligado.
Está cansado de lidiar con esa estupidez de no quererse mojar, eso ha ido mas allá de todos los límites imaginables.
¿Cuándo iba a poder él tener una vida propia, sin el deber de cuidarla?
¿Lazos de sangre? Lazos de Agua…
La aferra de los brazos, ella empieza a gritar y a llorar, pero se ve arrastrada sin poder oponerse a la fuerza de su hermano.
Al cruzar la puerta, parece una muñeca de trapo, su corazón late tan aceleradamente que pareciera que está acompasando el sonido de la lluvia. Cuando siente el primer impacto del agua sobre su cabeza, Bea pega un alarido como de animal herido y se cae al asfalto.
La mujer del paraguas corre hacia ellos, y detrás el perro. Se detiene un señor que pasaba con una bolsa de plástico sobre el abrigo, y un vecino que había estado mirando lo que pasaba desde la ventana de su casa se acerca con cara de preocupado.
David solo piensa: “Respira Bea”. No hubo suerte.
Como cada día desde el accidente de su familia, Bernabé se acerca al cuarto de David para despertarlo.
Catorce años! Verdaderamente el tiempo ha pasado volando.
- David, cálmate. Son las 8:00 Ya levántate, Feliz cumpleaños pequeño! - Le dice suavemente.
David siempre trata de imaginarse como habría sido su vida con Bea.
Mientras se frega los ojitos, se da cuenta que por fin después de tantos años de tener la misma pesadilla, ésta vez ha tenido un sueño diferente, ésta vez no ha sido la escena de la playa.
Se sienta sobre la cama y cuando vé que en su despertador ya son las 8:12, se pone de pie. Como cada mañana, toma la foto en la que su hermana con sus dos años, le sonríe tirándole un beso y sus primeras palabras son para Beatriz.
- Bea, despierta, que pena que sigues dormida…
Está oscuro y no acierta a ver como ella sonreía, pero el conoce de memoria ese gesto en la foto.
Siempre extraña mucho a sus padres y a Bea, pero especialmente, en los días de su cumpleaños.
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Lazos de Agua 3/3Final nº 4El agua golpeaba los cristales con fiereza. Inevitablemente vino a la memoria de David aquella discusión con su hermana que habían mantenido tres años atrás, la situación era demasiado parecida como para obviarla. Recordó los malos sueños que le asediaban cada noche y en estas reflexiones quedó, con la mirada perdida, enfrente de la ventana, Beatriz, tranquila sabiendo que no tendría que salir a la calle, había empezado a desayunar mientras miraba con atención la caja envuelta en papel de colores que reposaba encima de la mesa. Cuando no pudo aguantar más la curiosidad instó a su hermano para que la abriera.
– ¿No vas a abrir tu regalo? ¡Ábrelo! ¿Qué crees que será?
– Se parece a la de aquella película que vimos en el cine la pasada Navidad ¿te acuerdas?
David no lo recordaba, pero asintió con la cabeza y dibujó una sonrisa mientras llenaba un cuenco con leche y cereales. Mientras tanto, descolgó el teléfono y llamó a la casa de la tía. Dejó sonar varios tonos pero nadie contestó. En ese momento decidió quedarse en casa con su hermana ¿qué otra cosa podía hacer? Ya hablaría más adelante con el profesor de lengua. Quizá pudiera examinarse otro día. Además, no podía sacarse de la cabeza la imagen de su hermana tendida en la arena, sin respiración.
– La tía no contesta. Hoy me quedo contigo.
– No... no quiero que te quedes aquí hoy. ¡Es tu cumpleaños! ¿No vas a ver a tus amigos?
– Ya los veré mañana. No te preocupes Bea, venga... ¿que te apetece que hagamos?
Por toda respuesta, David recibió un murmullo ininteligible.
Así transcurrió el desayuno, los dos hermanos fijaron sus ojos en los cuencos y se hundieron entre cereales sin pronunciar una palabra, pensativos. Cuando hubieron terminado, recogieron los platos y marcharon a sus respetivos cuartos.
Al rato, Bea abrió la puerta de la habitación de David. Estaba ataviada con un par de impermeables de Bernabé, le quedaban demasiado grandes y la envolvían de tal manera que sólo se percibía parte de su rostro, más pálido que de costumbre, hundido entre las telas sintéticas.
– Vámonos.
– ¿Qué? - David no entendía nada.
– Vamos a clase.
David seguía sin entender nada, estaba tan sorprendido... ¡su hermanita le estaba pidiendo salir a la calle, ¡bajo la lluvia!. Incapaz de articular media palabra se puso el abrigo y siguió a Beatriz que ya caminaba por el pasillo. Cuando la alcanzó, la cogió de la mano y juntos bajaron el último tramo de escaleras que les separaba del portal.
– ¿Estás bien? No tenemos porqué ir a ninguna parte. ¿Seguro que quieres salir?
Bea no pudo articular palabra, estaba haciendo un enorme esfuerzo por mantener la calma. Apretó fuertemente los dedos de David y, en un último impulso, abrió la hoja de la puerta. Afuera la gente caminaba apresurada bajo sus paraguas y los coches levantaban pequeños abanicos de agua al pasar por delante del portal.
Aquello fue demasiado para la niña. En un momento su mano, que había estrujado con tanta fuerza la de David, se relajó y su rostro se volvió del color de la porcelana. Perdió las fuerzas y todo su cuerpo tembló y se volvió de espaldas, refugiándose entre los pliegues de ropa de David. Éste la abrazó fuertemente y la subió a casa. Se deshizo de los impermeables y descubrió que el pequeño cuerpecillo de Bea se había quedado helado de repente. La envolvió en las mantas y se mantuvo abrazado a ella, susurrando la canción que a él cantara su madre cuando no podía dormir. Pasado un tiempo, Beatriz se sumió en un sueño profundo. David se quedó contemplándola un instante y se fue, entornando la puerta. Se sentó en la cocina, con el teléfono entre las manos. Quería llamar a Bernabé, pero no sabía muy bien como decirle lo que había sucedido. Ni él mismo se lo explicaba. Se serenó mientras jugueteaba con el aparato entre las manos e intentó recuperar el tono normal de voz. Respiró profundamente y marcó el número de la oficina.
– Tío...
Al caer la tarde, cuando Bernabé volvió a casa, Beatriz estaba viendo una película de dibujos en la televisión mientras comía un plato de tortitas que David había preparado para la ocasión. Había recuperado la sonrisa y parecía tan alegre como siempre. Este hecho no paso desapercibido. Su recobrada tranquilidad llevó la calma a tío y hermano. Pareció que nada hubiese ocurrido. Y en esa sensación de serenidad que inundaba la casa, llegó la hora de dormir.
Cuando Beatriz se hubo ido a la cama, Bernabé retuvo a David en el salón.
– Un día agitado para ser un cumpleaños... ¿no?
– Si – respondió David con una sonrisa desganada.
– ¿Te gustó la locomotora? ... Mañana la no pasa el día sin que la probemos.
– Claro que sí, es un modelo increíble. Gracias...
Dando por terminada la conversación, David ya se iba para su cuarto cuando Bernabé le cogió del brazo.
Si – David asintió con la cabeza y se marchó a su habitación.
Tal vez algo más confuso que de costumbre. Tal vez algo más temeroso de sus sueños que de costumbre.
Pero en esta ocasión, todo fue diferente... la pesadilla que le agobiaba cada noche desde hacía tres años. Todo transcurría en la playa. El griterío de la gente, el tacto del agua, el sol acariciando la piel... y Bea, esta vez, ya más mayor. Había abandonado su castillo de arena para alcanzar a nado a David. Al llegar hasta donde se encontraba se intercambiaban el consabido juego de ahogadillas. Bea hundía a David, David hundía a Bea y vuelta a lo mismo un par de veces más, pero... eso era todo. Finalmente cuando se cansaban de chapotear en el agua ambos se dirigían a una sombrilla floreada que destaca sobre las demás. Debajo... Bernabé les espera.
Fue el final de tres años exactos de noches de desasosiego y despertares de angustia. El mal sueño no volvió a repetirse y, con el tiempo, quedó relegada a esa parte de las recuerdos que cuando se evocan nublan la mirada por un instante, pero no apagan la sonrisa.
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Lazos de agua 3/3 Final nº5 David se quedó perplejo viendo el regalo y no pudo evitar la curiosidad…
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